Anoche fue muy triste, hoy cuando desperté también. Entre sueños, miraba como la ciudad de mis hijos fue destruída. Una vez más. No alcanzaron los 4 huracanes del 2008 que los azotó en forma continua. Tampoco alcanzó el año pasado con el derrumbe de esa escuela en Pettionville que dejó cientos de chicos sin futuro, sólo un frío y modesto cajón. Y ahora esto... Se habla de miles y hasta de millones de damnificados y muertos. Veo la sucesión de imágenes en la TV y no lo puedo creer. Todo me resulta conocido, todo está destruído. Imagen tras imagen muestra el horror de un pueblo que esta cansado de sufrir. Golpes de estado, revueltas del pueblo. TODO y más le toca a mi querido Haïti.
Sé que en el orfanato donde se crió mi hijo (que está conmigo hace tres semanas ya) hubo algunos daños menores, pero durmieron en la calle. Gracias a Dios, no hubo heridos. La situación es caótica: no hay luz (ni siquiera las 4 horas que tenían diarias), no hay hospitales (sólo esta trabajando el hospital argentino, que en 8 horas realizaron 85 operaciones y en 10 horas atendieron a 850 personas), gente agolpada esperando... Esperando qué?
No tengo palabras para describir lo que siento, el dolor, la impotencia de esa gente. Ironia del destino: Haïti fue el primer país latinoamericano en independizarse, sin embargo, siguen dependiendo de todo el mundo, pero sobre todo, de un Dios ensañado en no darles un respiro.
Tengo bronca. Tengo dolor, un dolor punzante en el pecho y lágrimas que no dejan de caer por mis mejillas. Por lo que estan allá, por los nuestros, por ellos...

Palacio Presidencial antes del terremoto

Palacio Presidencial después del terremoto. Una de las mejores construcciones destruída, imagínense el resto del país.